¡Pobre Capote!
Sin duda alguna, una apreciación critica acerca de A sangre fría debe iniciar por señalar y aplaudir el colosal trabajo que sólo alguien paciente, meticuloso y genial como Truman Capote puede lograr. Es plausible no sólo por ser de tan difícil elaboración narrativa, sino por su profundidad. Capote se logra introducir, a través de los recuerdos y piezas redescubiertas y armadas, a la mente misma de los criminales Hickcot y Smith.
¿Cómo lograr este efecto en las páginas de su célebre obra? Pues hay sólo dos caminos: O vivir los sucesos narrados, o retroceder el tiempo a punta de sesudas rememoraciones. Capote, usó los dos caminos, logró retroceder el tiempo entrevistando, conversando, leyendo rumas enteras de archivos policiales, hilando la delgada y agazapada línea de aquel tiempo rasgado por un hecho sangriento. De seguro fue como desenterrar un cadáver aun latiendo. Y también vivió una buena parte de ellos, incluso logró modificar de algún modo el destino, imagino que fue como si el creador d
e una estatua haya podido apreciar a la figura viva a representar, charlar un poco con ella y ser luego el encargado de reconstruirla en piedra, en letras.¡Pobre Capote!, ¡cómo habrá terminado su pulso de tanto escribir! ¡De cuántas formas habrá forzado a su cerebro para imaginar! ¡Cuántas arduas jornadas tuvieron sus ojos que soportar para traducir el tiempo en palabras, hojas, archivos, libros! Pero ¡Cuán grande y placentera satisfacción ha de haber sentido en el momento de tener en sus manos aquel primer ejemplar de un nuevo periodismo! Y si a su libro él lo llamó A sangre fría, yo podría asegurar que en sus páginas no sólo se encuentran la sangre del Sr. Clutier o de Nancy, sino también la propia sangre de Capote.
Este, más que una apreciación crítica, es un elogio de parte mía a A sangre fría, por haberme enseñado que el Periodismo no tiene fronteras. Que puede atravesar las barreras disciplinares de la literatura, el arte e incluso la filosofía. La viva muestra, creo yo, se encuentra en la última parte del libro, donde parece que Capote, sintiendo el leve rumor y vacío que siempre antecede al final de algo trascendental, dio un salto de la narración y decidió terminar A sangre fría con la siguiente escena:
“Yo me he alegrado también, Sue ¡Buena suerte- le gritó mientras ella desaparecía sendero abajo, una graciosa jovencita apurada, con el pelo suelto flotando, brillante.
Nancy hubiera podido ser una jovencita igual. Se fue hacia los árboles, de vuelta a casa, dejando tras de sí el ancho cielo, el susurro de las voces del viento en el trigo encorvado” (CAPOTE: 1980)
En aquella escena predomina la sinceridad, la impresión de Capote por percibir la esencia del tiempo, la sensación de ser testigo de un “pudo ser” y la conciencia de que el suceso, la noticia, no solo deja una huella en la memoria, sino también en el ambiente y el tiempo.
A los que que han leído la obra, les invito a que compartan su opinión y los que no, en Amazonas el libro no pasa de 7 soles.

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