domingo, 8 de febrero de 2009

La Sangre de Truman Capote

Hace no mucho tiempo que me topé con la obra A Sangre fría. La adquirí en el Emporio de libros usados (libros que no huelen a nuevo pero que tienen el rastro de otros ojos y una que otra mancha) en Amazonas. Su lectura me permitió comprender la larga lista de posibilidades que ofrece el periodismo para contar un hecho. El siguiente texto es una crítica que me pidieron escribir en la Universidad, pero que se convirtió en un elogio.


¡Pobre Capote!

Sin duda alguna, una apreciación critica acerca de A sangre fría debe iniciar por señalar y aplaudir el colosal trabajo que sólo alguien paciente, meticuloso y genial como Truman Capote puede lograr. Es plausible no sólo por ser de tan difícil elaboración narrativa, sino por su profundidad. Capote se logra introducir, a través de los recuerdos y piezas redescubiertas y armadas, a la mente misma de los criminales Hickcot y Smith.

¿Cómo lograr este efecto en las páginas de su célebre obra? Pues hay sólo dos caminos: O vivir los sucesos narrados, o retroceder el tiempo a punta de sesudas rememoraciones. Capote, usó los dos caminos, logró retroceder el tiempo entrevistando, conversando, leyendo rumas enteras de archivos policiales, hilando la delgada y agazapada línea de aquel tiempo rasgado por un hecho sangriento. De seguro fue como desenterrar un cadáver aun latiendo. Y también vivió una buena parte de ellos, incluso logró modificar de algún modo el destino, imagino que fue como si el creador d
e una estatua haya podido apreciar a la figura viva a representar, charlar un poco con ella y ser luego el encargado de reconstruirla en piedra, en letras.

¡Pobre Capote!, ¡cómo habrá terminado su pulso de tanto escribir! ¡De cuántas formas habrá forzado a su cerebro para imaginar! ¡Cuántas arduas jornadas tuvieron sus ojos que soportar para traducir el tiempo en palabras, hojas, archivos, libros! Pero ¡Cuán grande y placentera satisfacción ha de haber sentido en el momento de tener en sus manos aquel primer ejemplar de un nuevo periodismo! Y si a su libro él lo llamó A sangre fría, yo podría asegurar que en sus páginas no sólo se encuentran la sangre del Sr. Clutier o de Nancy, sino también la propia sangre de Capote.

Este, más que una apreciación crítica, es un elogio de parte mía a A sangre fría, por haberme enseñado que el Periodismo no tiene fronteras. Que puede atravesar las barreras disciplinares de la literatura, el arte e incluso la filosofía. La viva muestra, creo yo, se encuentra en la última parte del libro, donde parece que Capote, sintiendo el leve rumor y vacío que siempre antecede al final de algo trascendental, dio un salto de la narración y decidió terminar A sangre fría con la siguiente escena:

“Yo me he alegrado también, Sue ¡Buena suerte- le gritó mientras ella desaparecía sendero abajo, una graciosa jovencita apurada, con el pelo suelto flotando, brillante.
Nancy hubiera podido ser una jovencita igual. Se fue hacia los árboles, de vuelta a casa, dejando tras de sí el ancho cielo, el susurro de las voces del viento en el trigo encorvado” (CAPOTE: 1980)

En aquella escena predomina la sinceridad, la impresión de Capote por percibir la esencia del tiempo, la sensación de ser testigo de un “pudo ser” y la conciencia de que el suceso, la noticia, no solo deja una huella en la memoria, sino también en el ambiente y el tiempo.




A los que que han leído la obra, les invito a que compartan su opinión y los que no, en Amazonas el libro no pasa de 7 soles.

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